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La Esperanza
"Pero la esperanza, dice Dios, esto sí que me extraña,
me extraña hasta a mi mismo,
esto si que es algo verdaderamente extraño.
Que estos pobres hijos vean cómo marchan hoy las cosas
y que crean que mañana irá todo mejor,
esto sí que es asombroso y es, con mucho,
la mayor maravilla de nuestra gracia.
Yo mismo estoy asombrado de ello.
Es preciso que mi gracia sea efectivamente de una fuerza increíble
y que brote de una fuente inagotable
desde que comenzó a brotar por primera vez
como un río de sangre del costado abierto de mi hijo
¿Cual no será preciso que sea mi gracia y la fuerza de mi gracia
para que esta pequeña esperanza,
vacilante ante el soplo del pecado,
temblorosa ante los vientos
agonizante al menor soplo,
siga estando viva, se mantenga tan fiel, tan en pie,
tan invencible y pura e inmortal e imposible de apagar
como la pequeña llama del santuario
que arde eternamente en la lámpara fiel?
De esta manera,
una llama temblorosa ha atravesado el espesor de los mundos,
una llama vacilante ha atravesado el espesor de los tiempos,
una llama imposible de dominar, imposible de apagar al soplo
de la muerte,
la esperanza,
Lo que me asombra, dice Dios, es la esperanza,
y no salgo de mi asombro.
Esta pequeña esperanza que parece una cosita de nada,
esta pequeña niña esperanza,
inmortal.
Porque mis tres virtudes, dice Dios, mis criaturas,
mis hijas, mis niñas,
son como mis otras criaturas de la raza de los hombres:
la Fe es una esposa fiel,
la Caridad es una madre, una madre ardiente, toda corazón,
o quizá es una hermana mayor que es como una madre.
Y la Esperanza es una niñita de nada
que vino al mundo la Navidad del año pasado
y que juega todavía con Enero, el buenazo,
con sus arbolitos de madera de nacimiento,
cubiertos de escarcha pintada,
y con su buey y su mula de madera pintada,
y con su cuna de paja que los animales no comen porque son de madera.
Pero, sin embargo esta niñita esperanza es la que
atravesará los mundos, esta niñita de nada,
ella sola, y llevando consigo a las otras dos virtudes,
ella es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos.
Como la estrella condujo a los Tres Reyes Magos desde
los confines del Oriente, hacia la cuna de mi Hijo,
así una llama temblorosa, la esperanza,
ella sola, guiará a las virtudes y a los mundos,
una llama romperá las eternas tinieblas.
Por el camino empinado, arenoso y estrecho,
arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
que la llevan de la mano,
va la pequeña esperanza
y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación
de dejarse arrastrar
como un niño que no tuviera fuerza para caminar.
Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,
y la que las arrastra,
y la que hace andar al mundo entero
y la que le arrastra.
Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos
y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña".
Charles Péguy
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La nube y la duna
"Una joven nube nació en medio de una gran tempestad en el mar Mediterráneo. Pero casi no tuvo tiempo de crecer allí, pues un fuerte viento empujó a todas las nubes en dirección a África.
No bien llegaron al continente, el clima cambió: un sol generoso brillaba en el cielo y abajo se extendía la arena dorada del desierto del Sahara. El viento siguió empujándolas en dirección a los bosques del sur, ya que en el desierto casi no llueve.
Entretanto la nuestra decidió desgarrarse de sus padres y de sus más viejos amigos para conocer el mundo.
—¿Qué estás haciendo? —protestó el viento—. ¡El desierto es todo igual! ¡Regresa a la formación y vámonos hasta el centro de África, donde existen montañas y árboles deslumbrantes!
Pero la joven nube, rebelde por Naturaleza, no obedeció. Poco a poco fue bajando de altitud hasta conseguir planear en una brisa suave, generosa, cerca de las arenas doradas. Después de pasear mucho, se dio cuenta de que una de las dunas le estaba sonriendo.
Vio que ella también era joven, recién formada por el viento que acababa de pasar. Y al momento se enamoró de su cabellera dorada.
—Buenos días —dijo—. ¿Cómo se vive allá abajo?
—Tengo la compañía de las otras dunas, del sol, del viento y de las caravanas que de vez en cuando pasan por aquí. A veces hace mucho calor, pero se puede aguantar. ¿Y cómo se vive allí arriba?
—También existen el viento y el sol, pero la ventaja es que puedo pasear por el cielo y conocer muchas cosas.
—Para mí la vida es corta —dijo la duna—. Cuando el viento vuelva de las selvas, desapareceré.
—¿Y esto te entristece?
—Me da la impresión de que no sirvo para nada.
—Yo también siento lo mismo. En cuanto pase un viento nuevo, iré hacia el sur y me transformaré en lluvia. Mientras tanto, este es mi destino.
La duna vaciló un poco, pero terminó diciendo:
—¿Sabes que aquí en el desierto decimos que la lluvia es el Paraíso?
—No sabía que podía transformarme en algo tan importante— dijo la nube, orgullosa.
—Ya escuché varias leyendas contadas por viejas dunas. Ellas dicen que, después de la lluvia, quedamos cubiertas por hierbas y flores. Pero yo nunca sabré lo que es eso, porque en el desierto es muy difícil que llueva.
Ahora fue la nube la que vaciló. Pero enseguida volvió a abrir su amplia sonrisa:
—Si quieres, puedo cubrirte de lluvia. Aunque acabo de llegar, me he enamorado de ti y me gustaría quedarme aquí para siempre.
—Cuando te vi por primera vez en el cielo también me enamoré —dijo la duna—. Pero si tú transformas tu linda cabellera blanca en lluvia, terminarás muriendo.
—El amor nunca muere —dijo la nube—. Se transforma. Y yo quiero mostrarte el Paraíso.
Y comenzó a acariciar a la duna con pequeñas gotas.
Así permanecieron juntas mucho tiempo hasta que apareció un arco iris.
Al día siguiente, la pequeña duna estaba cubierta de flores. Otras nubes que pasaban en dirección a África pensaban que allí estaba la parte del bosque que estaban buscando y soltaban más lluvia. Veinte años después, la duna se había transformado en un oasis, que refrescaba a los viajeros con la sombra de sus árboles.
Todo porque, un día, una nube enamorada no había tenido miedo de dar su vida por amor".
Paulo Coelho
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No te enamores del amor
Enamórate de alguien que te ame, que te espere, que te comprenda aún en la locura; de alguien que te ayude, que te guíe, que sea tu apoyo, tu esperanza, tu todo. Enamórate de alguien que no te traicione, que sea fiel, que sueñe contigo, que sólo piense en ti, en tu rostro, en tu delicadeza, en tu espíritu y no en tu cuerpo ni en tus bienes. Enamórate de alguien que te espere hasta el final, de alguien que sea lo que tú no elijas, lo que no esperes. Enamórate de alguien que sufra contigo, que ría junto a ti, que seque tus lágrimas, que te abrigue cuando sea necesario, que se alegre con tus alegrías y que te dé fuerzas después de un fracaso. Enamórate de alguien que vuelva a tí después de las peleas, después del desencuentro, de alguien que camine junto a ti, que sea un/a buen/a compañero/a, que respete tus fantasías, tus ilusiones. Enamórate de alguien que te ame. No te enamores del amor, enamórate de alguien que este enamorado de tí. Labels: Amor, Belleza, Felicidad, Intensidad, Pasión, Vida
La ecología según Nicanor Parra
Consejos del Dalai Lama para la vida
1.- Considera que un gran amor y un gran logro conllevan riesgos. 2.- Cuando pierdas, no pierdas la lección. 3.- Sigue las tres "R": respeto por ti, respeto para los demás y responsabilidad por todas tus acciones. 4.- A veces no obtener lo que queremos es un maravilloso golpe de suerte. 5.- Aprende las reglas, para que sepas cómo romperlas adecuadamente. 6.- No dejes que una pequeña disputa dañe una gran amistad. 7.- Cuando te des cuenta de que has cometido un error, de inmediato da los pasos para corregirlo. 8.- Pasa un tiempo solo todos los días. 9.- Abre tus brazos al cambio, pero no olvides tus valores. 10.- Recuerda que a veces el silencio es la mejor respuesta. 11.- Vive una vida buena y honorable. Así, cuando envejezcas y recuerdes el pasado, podrás disfrutarla de nuevo. 12.- Una atmósfera de amor en tu hogar es el fundamento de tu vida. 13.- En los desacuerdos con las personas amadas, plantea sólo la situación actual. No traigas el pasado al presente. 14.- Comparte tus conocimientos. Esa es una manera de lograr la inmortalidad. 15.- Sé gentil con la Tierra. 16.- Una vez al año, ve a un lugar al que no hayas ido nunca. 17.- Recuerda que la mejor relación es aquella en la que el amor mutuo es mayor que la necesidad mutua. 18.- Juzga tu triunfo por lo que tuviste que dar para lograrlo. Labels: Amor, Belleza, Espiritualidad, Felicidad, Intensidad, Misión
Solo quien se arriesga es libre

Reír es arriesgarse a ser tonto. Llorar es arriesgarse a parecer sentimental. Buscar a otro es arriesgar involucrarse. Exponer los sentimientos es arriesgar a exponer tu propio yo. Exponer tus ideas y sueños ante una multitud, es arriesgar su pérdida. Amar es arriesgarse a no ser amado. Vivir es arriesgarse a morir. Tener esperanza, es arriesgarse a una decepción. Las personas que no arriesgan nada, no son nada. Ellas pueden evitar el sufrimiento y la pena, pero no pueden aprender, sentir, cambiar, crecer, vivir o amar. Sólo quien se arriesga es libre. Labels: Amor, Belleza, Felicidad, Intensidad, Poesía
Mi amor por ti
 Mi amor por ti, Es un vidrio roto por el mal alumno del curso Una capilla con techo de zinc bajo la lluvia de Vilcún Una manzana ofrecida a la profesora por el alumno bueno del curso El viento sur jugando ajedrez contra el viento norte para decidir qué tiempo va a haber La conversación con los mapuches que desde la costa traen las estrechas carretas de cochayuyo El abejorro que zumba deslumbrado al contemplarse en el espejo El olor a café en el molinillo de la tía solterona El recuerdo de rostros bellos como las proas de los veleros de otro siglo que se recuerdan junto a la cocina económica El encanto de leer el "Ojo" y recitar las tablas de multiplicar El gallo de pelea cuyas heridas cura tu padre tras su última victoria El maqui de los mendigos que aún no soporta el aliento de los camiones El gesto del loco tratando de atrapar un rayo de sol con su sombrero en medio de la plaza Un viaje en carreta con los primos para celebrar en la hijuela familiar el Año Nuevo Las chispas de la locomotora a vapor iluminando la noche frente a mi perdida casa Los nombres de los poetas amados que repasamos como las cuentas de un racimo de uvas de Italia El primer surco trazado por los colonos con sus arados de madera Y en fin La llave que se nos ha dado para unir la memoria con el olvido Y que lanzo al fondo de un pozo Para que alguien tan afortunado como nosotros hoy día la encuentre algún día. Jorge Teiller Labels: Amor, Belleza, Felicidad, Intensidad, Poesía, Vida
Ilusion
 "Sin ti, las emociones de hoy no serán más que la piel muerta de las emociones de ayer" Labels: Amor, Belleza, Poesía
Las dos vasijas
"Un aguador de la India tenía sólo dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que llevaba sobre los hombros. Una tenía varias grietas por las que se escapaba el agua, de modo que al final de camino sólo conservaba la mitad, mientras que la otra era perfecta y mantenía intacto su contenido. Esto sucedía diariamente. La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros pues se sabía idónea para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba avergonzada de su propia imperfección y de no poder cumplir correctamente su cometido. Así que al cabo de dos años le dijo al aguador: -Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir por tu trabajo. El aguador le contestó: - Cuando regresemos a casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino. Así lo hizo la tinaja y, en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo de la vereda; pero siguió sintiéndose apenada porque al final sólo guardaba dentro de sí la mitad del agua del principio. El aguador le dijo entonces: - ¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Quise sacar el lado positivo de tus grietas y sembré semillas de flores. Todos los días las has regado y durante dos años yo he podido recogerlas. Si no fueras exactamente como eres, con tu capacidad y tus limitaciones, no hubiera sido posible crear esa belleza. Todos somos vasijas agrietadas por alguna parte, pero siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados. Labels: Amor, Belleza, Cuentos, Espiritualidad, Naturaleza
Desde adentro hacia afuera
 El único modo de encontrar arcoirises buscarlos en el corazón; El único modo de vivir un cuento de hadases por la imaginación; y el poder de la mente. El único sitio donde puede iniciarse la búsqueda de la pazes en tu alma.
Porque los arcoiris, los cuentos de hadas y la paz son tesoros que crecendesde adentro hacia afuera. E. K. Tharp Labels: Belleza, Felicidad, Poesía
El buen pastor
 "Impresionado por la novedad, como todo aquel que ha nacido y se ha criado en la ciudad, me tocó una vez observar a un grupo de ovejas que eran guiadas adonde había mejores pastos. Avanzaba el rebaño y en medio de él iba el pastor. Algunas ovejas lo seguían más de cerca, otras se demoraban más y otras, a medida que el rebaño avanzaba, se iban quedando atrás. Me impresionó mucho cómo el pastor iba al centro, atento a todas ellas, incluso diría que le preocupaban las que se iban quedando por el camino. Entonces bastaba una mirada a los perritos que lo acompañaban para que ellos entendieran de inmediato el mensaje y, acercándose a las ovejas dispersas, las acompañaban al rebaño. No se quedaban tranquilos hasta que ninguna quedara atrás.
Esos ayudantes del pastor me hicieron pensar en mi vocación. Como sacerdote, cuántas cosas le toca a uno oír en un día. Es como quien día a día se sumerge en una estación del metro y recorre por dentro la ciudad hasta que vuelve a aflorar a la superficie, al ajetreo de lo cotidiano. Así también uno se sumerge en la vida de una persona haciendo un viaje al corazón humano, palpando todas sus miserias y grandezas.
La vida no es fácil para nadie y la gente hace esfuerzos heroicos por ser feliz, por alcanzar el ideal. Pero la vida no siempre coincide con los principios, y con humildad se debe aceptar diariamente nuestra frágil humanidad y dar el próximo paso posible que nos acerque al ideal.
En mis años de sacerdote nunca me ha tocado alguien que en la intimidad de la conversación pida que la Iglesia cambie la doctrina que busca aterrizar el evangelio. Más bien, la gente nos pide que seamos más humanos, que enseñemos la doctrina en un lenguaje entendible, que los acompañemos en sus fragilidades que, por lo demás, no son distintas a las nuestras. No basta con enseñar el ideal, hay que acompañar a acercarse a él a partir de la propia realidad. Jesús se presentó como el Buen Pastor y nos dejó como modelo pastoral esa imagen. A veces se percibe al pastor como el que cuida la doctrina y no tanto como el que cuida al rebaño y que, para eso, se apoya en la doctrina que concretiza el mensaje evangélico. Esto es lo que me llamó la atención en ese grupo de ovejas que observaba, que en ellas el pastor que las guiaba no iba solo adelante, como siempre me imaginé, sino que iba en medio del rebaño. Y más me llamó la atención que él era ayudado en su tarea por esos perritos, que se encargaban de ir a los grupos dispersos de ovejas. Estos fieles ayudantes no dejaban que ninguna quedara atrás del camino, ya sea porque era más lenta en comer el pasto, por dificultades al caminar, porque estaba herida o, simplemente, porque estaba cansada. Entendí más que nunca la imagen del pastor en la cual insiste Jesús. El pastor es quien camina junto al rebaño y acompaña en el caminar. No sólo sabe a dónde conducir al rebaño, sino que también no le da lo mismo que alguna oveja no entienda la ruta o no sea capaz de ir al paso exigido.
El pastor se preocupa de ir al paso del más lento y tiene sus ayudantes no sólo para preocuparse de que el rebaño vaya en la dirección requerida, sino para que se preocupen especialmente por quienes van tomando otros caminos, no por mala voluntad, sino porque las circunstancias de la vida los van separando. El objetivo no es que lleguen sólo los que pueden llegar, sino que lleguemos todos, que nadie quede fuera ni menos no se sienta acogido. Vivir esto como sacerdote, no es debilidad ni relativismo como algunos piensan, es seguir el mandato del Buen Pastor que nos dice que si es necesario hay que dejar a las 99 ovejas que ya están en camino e ingeniárselas para ir a buscar a quienes el camino de la vida se les ha hecho cuesta arriba y ya no pueden seguir la huella". Felipe Berríos Sepúlveda, sacerdote jesuita y autor de este artículo, se formó en el Colegio San Ignacio El Bosque. Realizó estudios superiores de Construcción Civil en la Pontificia U. Católica de Chile. Actualmente se desempeña como Director del Instituto de Formación y Capacitación Popular (INFOCAP, también conocido como "Universidad del Trabajador" y del Programa "Un Techo para Chile", una iniciativa para combatir el problema de la gente sin hogar. Labels: Belleza, Espiritualidad, Evangelización, Misión, Naturaleza
Emilie Simon
Alicia, es la primera canción del álbum " Végétal", obra de la compositora e intérprete francesa Emilie Simon, conocida en su país como la princesse électro. Sus primeros pasos en el mundo de la música los dio asistiendo al Conservatorio de Montpellier. Su voz es un suave susurro al oído que sensibiliza, emociona; sus composiciones están cargadas de poesía; su música envolvente, alterna el sonido electrónico con variados instrumentos (flauta, percusiones, violonchelos). Poseedora de una belleza cautivante, en su trabajo destacan la calidad y la creatividad, características que cubren con un velo de originalidad a toda su obra. Conózcanla.  Labels: Belleza, Intensidad, Videos Musicales
El Principe Feliz
 La estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre una alta columna, desde donde se dominaba toda la ciudad. Era dorada y estaba recubierta por finas láminas de oro; sus ojos eran dos brillantes zafiros y en el puño de la espada centelleaba un enorme rubí púrpura. El resplandor del oro y las piedras preciosas hacían que los habitantes de la ciudad admirasen al Príncipe Feliz más que a cualquier otra cosa. —Es tan bonito como una veleta —comentaba uno de los regidores de la ciudad, a quien le interesaba ganar reputación de hombre de gustos artísticos—; claro que en realidad no es tan práctico —agregaba, porque al mismo tiempo temía que lo consideraran demasiado idealista, lo que por supuesto no era. —¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? —le decía una madre afligida a su pequeño hijo, que lloraba porque quería tener la luna—. El Príncipe Feliz no llora por nada. — Mucho me consuela el ver que alguien en el mundo sea completamente feliz —murmuraba un hombre infortunado al contemplar la bella estatua. —De verdad parece que fuese un ángel —comentaban entre ellos los niños del orfelinato al salir de la catedral, vestidos con brillantes capas rojas y albos delantalcitos. —¿Y cómo saben qué aspecto tiene un ángel? —les refutaba el profesor de matemáticas— ¿Cuándo han visto un ángel? —Los hemos visto, señor. ¡Claro que los hemos visto, en sueños! —le respondían los niños, y el profesor de matemáticas fruncía el ceño y adoptaba su aire más severo. Le parecía muy reprobable que los niños soñaran. Una noche llegó volando a la ciudad una pequeña golondrina. Sus compañeras habían partido para Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado atrás, porque estaba enamorada de un junco, el más hermoso de todos los juncos de la orilla del río. Lo encontró a comienzos de la primavera, cuando revoloteaba sobre el río detrás de una gran mariposa amarilla, y el talle esbelto del junco la cautivó de tal manera, que se detuvo para meterle conversación. — ¿Puedo amarte? —le preguntó la golondrina, a quien no le gustaba andarse con rodeos. El junco le hizo una amplia reverencia. La golondrina entonces revoloteó alrededor, rozando el agua con las alas y trazando surcos de plata en la superficie. Era su manera de demostrar su amor. Y así pasó todo el verano. —Es un ridículo enamoramiento —comentaban las demás golondrinas—; ese junco es desoladoramente hueco, no tiene un centavo y su familia es terriblemente numerosa—. Efectivamente toda la ribera del río estaba cubierta de juncos. A la llegada del otoño, las demás golondrinas emprendieron el vuelo, y entonces la enamorada del junco se sintió muy sola y comenzó a cansarse de su amante. —No dice nunca nada —se dijo—, y debe ser bastante infiel, porque siempre coquetea con la brisa. Y realmente, cada vez que corría un poco de viento, el junco realizaba sus más graciosas reverencias. —Además es demasiado sedentario —pensó también la golondrina—; y a mí me gusta viajar. Por eso el que me quiera debería también amar los viajes. —¿Vas a venirte conmigo? —le preguntó al fin un día. Pero el junco se negó con la cabeza, le tenía mucho apego a su hogar. —¡Eso quiere decir que sólo has estado jugando con mis sentimientos! —se quejó la golondrina—. Yo me voy a las pirámides de Egipto. ¡Adiós! Y diciendo esto, se echó a volar. Voló durante todo el día y, cuando ya caía la noche, llegó hasta la ciudad. —¿Dónde podré dormir? —se preguntó—. Espero que en esta ciudad hay algún albergue donde pueda pernoctar. En ese mismo instante descubrió la estatua del Príncipe Feliz sobre su columna. —Voy a refugiarme ahí —se dijo—. El lugar es bonito y bien ventilado. Y así diciendo, se posó entre los pies del Príncipe Feliz. —Tengo una alcoba de oro —se dijo suavemente la golondrina mirando alrededor. Enseguida se preparó para dormir. Mas cuando aún no ponía la cabecita debajo de su ala, le cayó encima un grueso goterón. —¡Qué cosa más curiosa! —exclamó—. No hay ni una nube en el cielo, las estrellas relucen claras y brillantes, y sin embargo llueve. En realidad este clima del norte de Europa es espantoso. Al junco le encantaba la lluvia, pero era de puro egoísta. En ese mismo momento cayó otra gota. —¿Pero para qué sirve este monumento si ni siquiera puede protegerme de la lluvia? —dijo—. Mejor voy a buscar una buena chimenea. Y se preparó a levantar nuevamente el vuelo. Sin embargo, antes de que alcanzara a abrir las alas, una tercera gota le cayó encima, y al mirar hacia arriba la golondrina vio... ¡Ah, lo que vio! Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le corrían por las áureas mejillas. Y tan bello se veía el rostro del Príncipe a la luz de la luna, que la golondrina se llenó de compasión. —¿Quién eres? —preguntó. — Soy el Príncipe Feliz. —Pero si eres el Príncipe Feliz, ¿por qué lloras? Casi me has empapado. — Cuando yo vivía, tenía un corazón humano, —contesto la estatua— pero no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en la Mansión de la Despreocupación, donde no está permitida la entrada del dolor. Así, todos los días jugaba en el jardín con mis compañeros, y por las noches bailábamos en el gran salón. Alrededor del jardín del Palacio se elevaba un muro muy alto, pero nunca me dio curiosidad alguna por conocer lo que había más allá... ¡Era tan hermoso todo lo que me rodeaba! Mis cortesanos me decían el Príncipe Feliz, y de verdad era feliz, si es que el placer es lo mismo que la dicha. Viví así, y así morí. Y ahora que estoy muerto, me han puesto aquí arriba, tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y, aunque ahora mi corazón es de plomo, lo único que hago es llorar. —¿Cómo? —se preguntó para sí la golondrina—, ¿no es oro de ley? Era un avecita muy bien educada y jamás hacia comentarios en voz alta sobre la gente. — Allá abajo —siguió hablando la estatua con voz baja y musical— ... allá abajo, en una callejuela, hay una casa miserable, pero una de sus ventanas está abierta y dentro de la habitación hay una mujer sentada detrás de la mesa. Tiene el rostro demacrado y lleno de arrugas, y sus manos, ásperas y rojas, están acribilladas de pinchazos, porque es costurera. En este momento está bordando flores de la pasión en un traje de seda que vestirá la más hermosa de las damas de la reina en el próximo baile del Palacio. En un rincón de la habitación, acostado en la cama, está su hijito enfermo. El niño tiene fiebre y pide naranjas. Pero la mujer sólo puede darle agua del río, y el niño llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina... ¡hazme un favor! Llévale a la mujer el rubí del puño de mi espada, ¿quieres? Yo no puedo moverme, ¿lo ves?... tengo los pies clavados en este pedestal. —Los míos están esperándome en Egipto —contestó la golondrina—. Mis amigas ya deben estar revoloteando sobre el Nilo, y estarán charlando con los grandes lotos nubios. Y pronto irán a dormir a la tumba del gran Rey, donde se encuentra el propio faraón, en su ataúd pintado, envuelto en vendas amarillas, y embalsamado con especias olorosas. Alrededor del cuello lleva una cadena de jade verde, y sus manos son como hojas secas. — Golondrina, golondrina, pequeña golondrina, —dijo el Príncipe— ¿por qué no te quedas una noche conmigo y eres mi mensajera? ¡El niño tiene tanta sed, y su madre, la costurera, está tan triste!
—Es que no me gustan mucho los niños —contesto— la golondrina—. El verano pasado, cuando estábamos viviendo a orillas del río, había dos muchachos, hijos del molinero, y eran tan mal educados que no se cansaban de tirarme piedras. ¡Claro que no acertaban nunca! Las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo pertenezco a una familia célebre por su rapidez; pero, de todas maneras, era una impertinencia y una grosería. Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste, que finalmente la golondrina se enterneció. —Ya está haciendo mucho frío —dijo—, pero me quedaré una noche contigo y seré tu mensajera. — Gracias, golondrinita —dijo el Príncipe. La golondrina arrancó entonces el gran rubí de la espada del Príncipe y, teniéndolo en el pico, voló por sobre los tejados. Pasó junto a la torre de la catedral, que tenía ángeles de mármol blanco. Pasó junto al Palacio, donde se oía música de baile y una hermosa muchacha salió al balcón con su pretendiente. —¡ Qué lindas son las estrellas —dijo el novio— y qué maravilloso es el poder del amor! —Ojalá que mi traje esté listo para el baile de gala —contestó ella—. Mandé a bordar en la tela unas flores de la pasión. ¡Pero las costureras son tan flojas! La golondrina voló sobre el río y vio las lámparas colgadas en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el barrio de los judíos, donde vio a los viejos mercaderes hacer sus negocios y pesar monedas de oro en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre casa, y se asomó por la ventana. El niño, en su cama, se agitaba de fiebre, y la madre se había dormido de cansancio. Entonces, la golondrina entró a la habitación y dejó el enorme rubí encima de la mesa, junto al dedal de la costurera. Después revoloteó dulcemente alrededor del niño enfermo, abanicándole la frente con las alas. —¡Qué brisa tan deliciosa! —murmuró el niño—. Debo estar mejor. Y se quedó dormido deslizándose en un sueño maravilloso. Entonces la golondrina volvió hasta donde el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho. —¡Qué raro! —agrego—, pero ahora casi tengo calor; y sin embargo la verdad es que hace muchísimo frío. — Es porque has hecho una obra de amor —le explicó el Príncipe. La golondrina se puso a pensar en esas palabras y pronto se quedó dormida. Siempre que pensaba mucho se quedaba dormida. Al amanecer voló hacia el río para bañarse. —¡Qué fenómeno extraordinario! —exclamó un profesor de ornitología que pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en pleno invierno! Y escribió sobre el asunto una larga carta al periódico de la ciudad. Todo el mundo habló del comentario, tal vez porque contenía muchas palabras que no se entendían. —Esta noche partiré para Egipto —se decía la golondrina y la idea la hacía sentirse muy contenta. Luego visitó todos los monumentos públicos de la ciudad y descansó largo rato en el campanario de la iglesia. Los gorriones que la veían pasar comentaban entre ellos: "¡Qué extranjera tan distinguida!". Cosa que a la golondrina la hacía feliz. Cuando salió la luna volvió donde estaba a la estatua del Príncipe. —¿Tienes algunos encargos que darme para Egipto? —le gritó—. Voy a partir ahora. — Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche más?
—Los míos me están esperando en Egipto —contesto la golondrina—. Mañana, mis amigas van a volar seguramente hasta la segunda catarata del Nilo. Allí, entre las cañas, duerme el hipopótamo, y sobre una gran roca de granito se levanta el Dios Memnón. Durante todas las noches, él mira las estrellas toda la noche, y cuando brilla el lucero de la mañana, lanza un grito de alegría. Después se queda en silencio. Al mediodía, los leones bajan a beber a la orilla del río. Tienen los ojos verdes, y sus rugidos son más fuertes que el ruido de la catarata. — Golondrina, golondrina, pequeña golondrina, —dijo el Príncipe— allá abajo justo al otro lado de la ciudad, hay un muchacho en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa llena de papeles, y a su derecha, en un vaso, unas violetas están marchitándose. Tiene el pelo largo, castaño y rizado, y sus labios son rojos como granos de granada, y tiene los ojos anchos y soñadores. Está empeñado en terminar de escribir una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío. No hay fuego en la chimenea y el hambre lo tiene extenuado. — Bueno, me quedaré otra noche aquí contigo —dijo la golondrina que de verdad tenía buen corazón—. ¿Hay que llevarle otro rubí? —¡ Ay, no tengo más rubíes! —se lamentó el Príncipe—. Sin embargo aún me quedan mis ojos. Son dos rarísimos zafiros, traídos de la India hace mil años. Sácame uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, comprará pan y leña y podrá terminar de escribir su obra. — Pero mi Príncipe querido —dijo la golondrina—, eso yo no lo puedo hacer. Y se puso a llorar. — Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, por favor, haz lo que te pido. Entonces la golondrina arrancó uno de los ojos del Príncipe y voló hasta la buhardilla del escritor. No era difícil entrar allí, porque había un agujero en el techo y por ahí entró la golondrina como una flecha. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos, así que no sintió el rumor de las alas, y cuando al fin levantó los ojos, vio el hermoso zafiro encima de las violetas marchitas. —¿Será que el público comienza a reconocerme? —se dijo— Porque esta piedra preciosa ha de habérmela enviado algún rico admirador. ¡Ahora podré acabar mi obra! Y se le notaba muy contento. Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto, se posó sobre el mástil de una gran nave y se entretuvo mirando los marineros que izaban con maromas unas enormes cajas de la sentina del barco. —¡Me voy a Egipto! —les gritó la golondrina. Pero nadie le hizo caso. Al salir la luna, la golondrina volvió hacia el Príncipe Feliz. — Vengo a decirte adiós—le dijo. — Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le dijo el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo otra noche?
—Ya es pleno invierno —respondió la golondrina—, y muy pronto caerá la nieve helada. En Egipto, en cambio, el sol calienta las palmeras verdes y los cocodrilos, medio hundidos en el fango, miran indolentes alrededor. Por estos días mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbeck, y las palomas rosadas y blancas las miran mientras se arrullan entre sí. Querido Príncipe, tengo que dejarte, pero nunca te olvidaré. La próxima primavera te traeré de Egipto dos piedras bellísimas para reemplazar las que regalaste. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro será azul como el mar profundo. — Allá abajo en la plaza, —dijo el Príncipe Feliz— hay una niñita que vende fósforos y cerillas. Y se le han caído los fósforos en el barro y se han echado a perder. Su padre le va a pegar si no lleva dinero a su casa y por eso ahora está llorando. No tiene zapatos ni medias, y su cabecita va sin sombrero. Arranca mi otro ojo y llévaselo, así su padre no le pegará. — Pasaré otra noche contigo —dijo la golondrina—, pero no puedo arrancarte el otro ojo. Te vas a quedar ciego. — Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, haz lo que te pido, te lo suplico. La golondrina entonces extrajo el otro ojo del Príncipe y se echó a volar. Se posó sobre el hombro de la niña y deslizó la joya en sus manos. —¡Qué bonito pedazo de vidrio! —exclamó la niña, y corrió riendo hacia su casa. Después la golondrina regresó hasta donde estaba el Príncipe. — Ahora que estás ciego —le dijo—, voy a quedarme a tu lado para siempre. — No, golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Ahora tienes que irte a Egipto. — Me quedaré a tu lado para siempre —repitió la golondrina, durmiéndose entre los pies de la estatua. Al otro día ella se posó en el hombro del Príncipe para contarle las cosas que había visto en los extraños países que visitaba durante sus migraciones. Le describió los ibis rojos, que se posan en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces dorados con sus picos; le habló de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, y vive en el desierto, y lo sabe todo; le contó de los mercaderes que caminan lentamente al lado de sus camellos y llevan en sus manos rosarios de ámbar; le contó del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran cristal; le refirió acerca de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y veinte sacerdotes la alimentan con pasteles de miel; y le contó también de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas lisas y que siempre están en guerra con las mariposas. — Querida golondrina —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero es más maravilloso todavía lo que pueden sufrir los hombres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela sobre mi ciudad, y vuelve a contarme todo lo que veas. Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos que se regocijaban en sus soberbios palacios, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló por las callejuelas sombrías, y vio los rostros pálidos de los niños que mueren de hambre, mientras miran con indiferencia las calles oscuras. Bajo los arcos de un puente había dos muchachos acurrucados, uno en los brazos del otro para darse calor. —¡Qué hambre tenemos! —decían. —¡Fuera de ahí! les gritó un guardia, y los muchachos tuvieron que levantarse, y alejarse caminando bajo la lluvia. Entonces la golondrina volvió donde el Príncipe, y le contó lo que había visto. — Mi estatua esta recubierta de oro fino —le indicó el Príncipe—; sácalo lámina por lámina, y llévaselo a los pobres. Los hombres siempre creen que el oro podrá darles la felicidad. Así, lámina a lámina, la golondrina fue sacando el oro, hasta que el Príncipe quedó oscuro. Y lámina a lámina fue distribuyendo el oro fino entre los pobres, y los rostros de algunos niños se pusieron sonrosados, y riendo jugaron por las calles de la ciudad. —¡Ya, ahora tenemos pan! —gritaban. Llegó la nieve, y después de la nieve llegó el hielo. Las calles brillaban de escarcha y parecían ríos de plata. Los carámbanos, como puñales, colgaban de las casas. Todo el mundo se cubría con pieles y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el río. La pequeña golondrina tenía cada vez más frío pero no quería abandonar al Príncipe, lo quería demasiado. Vivía de las migajas del panadero, y trataba de abrigarse batiendo sus alitas sin cesar. Una tarde comprendió que iba a morir, pero aún encontró fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe. — ¡Adiós, mi querido Príncipe! —le murmuró al oído—. ¿Me dejas que te bese la mano? — Me alegro que por fin te vayas a Egipto, golondrinita —le dijo el Príncipe—. Has pasado aquí demasiado tiempo. Pero no me beses en la mano, bésame en los labios porque te quiero mucho. — No es a Egipto donde voy —repuso la golondrina—. Voy a la casa de la muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad? El avecita besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies. En ese mismo instante se escuchó un crujido ronco en el interior de la estatua, fue un ruido singular como si algo se hubiese hecho trizas. El caso es que el corazón de plomo se había partido en dos. Ciertamente hacía un frío terrible. A la mañana siguiente, el alcalde se paseaba por la plaza con algunos de los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna levantó los ojos para admirar la estatua. —¡Pero qué es esto! —dijo— ¡El Príncipe Feliz parece ahora un desharrapado! —¡Completamente desharrapado! —reiteraron los regidores; y subieron todos a examinarlo. —El rubí de la espada se le ha caído, los ojos desaparecieron y ya no es dorado —dijo el alcalde—. En una palabra se ha transformado en un verdadero mendigo. —¡Un verdadero mendigo! —repitieron los regidores. —Y hay un pájaro muerto entre sus pies —siguió el alcalde—. Será necesario promulgar un decreto municipal que prohiba a los pájaros venirse a morir aquí. El secretario municipal tomó nota dejando constancia de la idea. Entonces mandaron a derribar la estatua del Príncipe Feliz. — Como ya no es hermoso, no sirve para nada —explicó el profesor de Estética de la Universidad. Entonces fundieron la estatua, y el Alcalde reunió al Municipio para decidir que harían con el metal. —Podemos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo. —Claro, la mía —dijeron los regidores cada uno a su vez. Y se pusieron a discutir. La última vez que supe de ellos seguían discutiendo. —¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse; habrá que tirarlo a la basura. Y lo tiraron al basurero donde también yacía el cuerpo de la golondrina muerta. — Tráeme las dos cosas más hermosas que encuentres en esa ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles. Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto. — Has elegido bien —sonrió Dios—. Porque en mi jardín del Paraíso esta avecilla cantará eternamente, y el Príncipe Feliz me alabará para siempre en mi Aurea Ciudad. Labels: Amor, Belleza, Cuentos, Drama
Muere lentamente
Muere lentamentequien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce. Muere lentamentequien hace de la televisión su gurú. Muere lentamentequien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos. Muere lentamente, quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo inciertopara ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos. Muere lentamentequien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en si mismo. Muere lentamentequien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar. Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante. Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no preguntando de un asunto que desconoce o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe. Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar. Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad. Martha Medeiros Labels: Belleza, Felicidad, Poesía
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