13 May 2013

La espera interminable




"Prometieron encontrarse algún día en un lugar no muy lejano que resultara bello para ambos.

Ella, algún día, después de regresar a casa, donde siempre descansaba junto a la infaltable compañía felina, que cada noche la esperaba para verla recostarse y disfrutar placenteramente del último estreno, degustando caprichosamente un helado, rodeados del acogedor calor de la chimenea.

Él, cuando decidiera desoír el deber y la inspiración que le ocasionaban insomnio, la buscaría antes de llegar  la noche, que en su vida no consistía más que en verlo entregarse al afán de escribir incesantemente, largas horas, en la compañía de un café cuyo calor y aroma lentamente se desvanecían, tras esperarlo horas en el silencio y la penumbra.

Ambos aceptaban interrumpirse cuando alguno sentía que aquella rutina nocturna los asediaba, y quizás escuchar al otro era más fascinante que la enigmática película o el seductor café.

Noche tras noche, con el imperceptible paso del tiempo, sus voces les unían hasta el punto de ser habitual y no menos necesario, llamarse, buscarse. Porque el café ya no tenía el buen sabor amargo que lo mantenía despierto sin la voz de ella rondando; ni tampoco el helado lograba estremecerla si la voz de él estaba ausente. Nunca perdieron las esperanzas de encontrarse; de salir una noche para por fin compartir juntos cada noche, el café, el helado. La realidad devenía en un sueño común, donde el tiempo jugaba a su favor y los acercaba silenciosamente. Pronto toda distancia sería sólo nostalgia, si ambos resolvían que así debía ser.

Pero para ciertas personas el azar juega en su contra. La espera que cada vez parecía llegar a su fin, terminó siendo interminable. La implacable muerte apareció en la vida de él, llevándose a su madre, para que acompañara a un padre ausente que hacía largo tiempo había partido.

Ella no volvió a saber de él. La soledad y el silencio los hicieron por siempre cautivos.

Alguna vez escucharía que los infortunios de su vivir terminaron por convencerlo de lo intrascendentes que resultaban el café, la lectura y escritura nocturna; lo imperdonables que esos placeres eran a los ojos del Divino. Y fue acaso el llevar al Paraíso lo más preciado que tenía en la Tierra, la manera que tuvo éste para mostrarle el elevado camino a seguir en su andar por la vida.

De ahí la decisión de abandonarlo todo y entregarse eternamente a quienes más lejos estaban de lo que a él nunca le faltó, pasara a significar de paso la renuncia a los placeres terrenales, y la bienvenida a la vida estéticamente superior rodeada del amor infinito que recibía a diario de quienes llegaban a su vida desde la soledad y el dolor para convertirse en luces que enternecían su alma hasta el último día de su existencia.

Ella, conocedora de cada rincón de su espíritu, con su silencio rechazaba lo que de él se decía por quienes no le comprendieron mejor que sí misma. Y fiel a las convicciones que supo, habitaban el espíritu de quien tanto amaba, nunca dejó de soñar que volvería algún día a buscarla como le había prometido y así pondría fin a la espera interminable que cada noche la entristecía por continuar adelante sin saber siquiera, si él estaba bien.


Pero las señales del Universo, que sólo quienes han amado de verdad logran descifrar, le permitieron sonreír después de cada llanto. La estrella que él decía contemplar noche tras noche, siempre brilló en sus ojos, indicándole que él, distante y ausente, estaba bien, y volvería algún día para acompañarla en su soledad y llenar las infinitas horas que sin cesar crecían y la tenían esperándolo, tiempo que él llenaría con mil y un cuentos, que cada noche buscarían sus oídos, y que entre abrazos, caricias y besos, servirían como testimonio de su amor, tan real, intenso y presente en su corazón, como en el de él estaba el amor de ella, aquellas noches en que su mirada luminosa y húmeda se perdía junto a una sonrisa, en la silueta de la Luna.

Aquel incesante esperar, por momentos lo tuvo a él caminando por las arenas para luego rendirse ante el viento, contemplando la inevitable caída del Sol que improvisaba un cielo anaranjado, testigos de la caída de sus lágrimas saladas ante el mar, mientras enviaba desde su memoria y su corazón, mil besos con el viento, extrañándola y deseándola; imaginándola por momentos renunciando a sus caprichos tan amados y abandonando el cómodo lecho para compartir parte de su calor y su luz, junto a quienes tanto necesitaban de ambos, de su amor, sueños y energías, capaces de imponerse victoriosos ante toda oscuridad, frío y dolor.

Y por fin entre sueños, lograron encontrarse y esta vez jurar que estarían juntos como en otro tiempo lo habían prometido, en un lugar no muy lejano que resultara bello para ambos... el Cielo."


Marcos Bastías

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